Hace unos días hicimos en clase un sociograma para ver relaciones entre los alumnos, observar si existen líderes, grupos marcados o alumnos que pudieran estar discriminados.
Para crear un sociograma, al uso, se le dice a la clase que pongan en un papel con quién querrían trabajar, que solo eligieran a dos de sus compañeros. Se puede repetir toda la representación con otros valores como con quién no trabajarías, quién crees que te elegiría, etc. En este sentido, y trabajando para forzar la máquina (y por tanto amañando el resultado), creamos una clase: queríamos observar un grupo, en este caso el de los chicos, que entre ellos hacían piña, y el resto del alumnado se quedaba orbitando a su alrededor, en este caso las chicas. Además de inventarnos alguna trama secundaria de amor preadolescente y juegos de celos (que no vienen al caso), hicimos que una niña, a la que llamamos Ainara, en su encuesta no escogiera a nadie.
Podríamos pensar que es que es tímida o que no tiene confianza con nadie para trabajar. Sin embargo, y ahora sí jugó un poco más el azar, resultó que solo una alumna eligió a Ainara para hacer el trabajo conjunto. Solo una. Entonces pensé: jopetas, pobre Ainara.
Para crear un sociograma, al uso, se le dice a la clase que pongan en un papel con quién querrían trabajar, que solo eligieran a dos de sus compañeros. Se puede repetir toda la representación con otros valores como con quién no trabajarías, quién crees que te elegiría, etc. En este sentido, y trabajando para forzar la máquina (y por tanto amañando el resultado), creamos una clase: queríamos observar un grupo, en este caso el de los chicos, que entre ellos hacían piña, y el resto del alumnado se quedaba orbitando a su alrededor, en este caso las chicas. Además de inventarnos alguna trama secundaria de amor preadolescente y juegos de celos (que no vienen al caso), hicimos que una niña, a la que llamamos Ainara, en su encuesta no escogiera a nadie.
Podríamos pensar que es que es tímida o que no tiene confianza con nadie para trabajar. Sin embargo, y ahora sí jugó un poco más el azar, resultó que solo una alumna eligió a Ainara para hacer el trabajo conjunto. Solo una. Entonces pensé: jopetas, pobre Ainara.

Sociograma de la clase de Ainara
Durante esa misma clase, y al final de la sesión, el profesor nos puso un video sobre experiencias de Comunidad Educativa. En él sabía un abuelo comentando que se había apuntado como voluntario porque tenía un nieto de color y aprovechaba ir al colegio para comprobar que todo iba bien y que no le desplazaban
QUE TODO IBA BIEN
Reconozco que me impactó muchísimo esto.
Porque en clase de pedagogía y psicología trabajamos mucho el tema de la inclusión (que no integración) de los alumnos con apoyo en la educación: TDAH, TEA, AACC... entre otros tantos grupos, por supuesto. Cómo se tiene que crear un plan de trabajo individualizado con cada uno de ellos y hasta piensas cómo poder hacer las clases que sean inclusivas para todo el alumnado, cómo se trabaja para que se pueda conseguir el máximo de ese alumnado, las evaluaciones… etc.
Sin embargo, Ainara está claramente sola en clase, y entonces pensé, ¿es que acaso Ainara es negra? O china, o filipina o qué se yo, sueca. Que igualmente podría ser Down, TDAH, bajas capacidades o ciega.
Entonces, pensando que quizás trabajamos mucho desde lo pedagógico y que quizás olvidemos precisamente lo más importante, que son los valores. Que, en este caso sí lo es, la labor de integración. La convivencia. Y el peor sabor de boca ha sido cuando hoy, hablando con gente que se dedica a la docencia comenta cómo, a día de hoy, seguimos observando tantas “fobias” en el aula. Entonces, ¿qué nos estamos olvidando?
El otro día, en clase, hablábamos también de lo importante que es el contexto social en el aprendes, y cómo es terriblemente difícil salir de este. Como diría Ana, el cuento de la Cenicienta. Ahora pienso en Ainara, que quizás venga un barrio de bajas rentas, o quizás es que sea extranjera, o quizás sea dificultades de aprendizaje. Se sentará en una esquina y pasará sin pena ni gloria. Y acabará el curso (o no) porque por desgracia no se le ha prestado la suficiente atención con un PT exhaustivo.
Y, si tiene fuerza de voluntad, es posible que decida tener unos estudios mejores para que los futuros alumnos como ella no sufran el mismo abandono que ella. Y, quizás, se haga profesora y quizás llegue a ministra de educación o de integración social.
Pero quizás Ainara no tenga recursos, o fuerza de voluntad, o simplemente no lo ha visto en casa, y verá que esa actitud sea la más normal en clase. Y para qué molestarse en ser alguien importante, total, el instituto es un trámite más.
O, simplemente, Ainara no acabe la secundaria porque la depresión ha podido con ella.
QUE TODO IBA BIEN
Reconozco que me impactó muchísimo esto.
Porque en clase de pedagogía y psicología trabajamos mucho el tema de la inclusión (que no integración) de los alumnos con apoyo en la educación: TDAH, TEA, AACC... entre otros tantos grupos, por supuesto. Cómo se tiene que crear un plan de trabajo individualizado con cada uno de ellos y hasta piensas cómo poder hacer las clases que sean inclusivas para todo el alumnado, cómo se trabaja para que se pueda conseguir el máximo de ese alumnado, las evaluaciones… etc.
Sin embargo, Ainara está claramente sola en clase, y entonces pensé, ¿es que acaso Ainara es negra? O china, o filipina o qué se yo, sueca. Que igualmente podría ser Down, TDAH, bajas capacidades o ciega.
Entonces, pensando que quizás trabajamos mucho desde lo pedagógico y que quizás olvidemos precisamente lo más importante, que son los valores. Que, en este caso sí lo es, la labor de integración. La convivencia. Y el peor sabor de boca ha sido cuando hoy, hablando con gente que se dedica a la docencia comenta cómo, a día de hoy, seguimos observando tantas “fobias” en el aula. Entonces, ¿qué nos estamos olvidando?
El otro día, en clase, hablábamos también de lo importante que es el contexto social en el aprendes, y cómo es terriblemente difícil salir de este. Como diría Ana, el cuento de la Cenicienta. Ahora pienso en Ainara, que quizás venga un barrio de bajas rentas, o quizás es que sea extranjera, o quizás sea dificultades de aprendizaje. Se sentará en una esquina y pasará sin pena ni gloria. Y acabará el curso (o no) porque por desgracia no se le ha prestado la suficiente atención con un PT exhaustivo.
Y, si tiene fuerza de voluntad, es posible que decida tener unos estudios mejores para que los futuros alumnos como ella no sufran el mismo abandono que ella. Y, quizás, se haga profesora y quizás llegue a ministra de educación o de integración social.
Pero quizás Ainara no tenga recursos, o fuerza de voluntad, o simplemente no lo ha visto en casa, y verá que esa actitud sea la más normal en clase. Y para qué molestarse en ser alguien importante, total, el instituto es un trámite más.
O, simplemente, Ainara no acabe la secundaria porque la depresión ha podido con ella.

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